Albandi
Lolai [@] [www]

Muchos viajes más tarde el hombre zampa-verbos fue atrapado por la aldea. Estableció un negocio cartográfico: "Se trazan los planos del mundo. Mapas políticos, físicos e incluso psíquicos de la Tierra y sus  piedras, de la arena y la playa, del mar en tempestad. Se moldean cerros, se pintan mesetas, se soplan ventiscas, se tuestan desiertos. Sazonamos de islotes y archipiélagos los océanos, gratinamos lava incandescente sobre los volcanes, congelamos polos árticos con icebergs.  Se graban valles en bajorrelieve, repujamos cordilleras, rasgamos surcos impregnados de ríos desmadejados. Si pierdes tu lugar en el mundo aquí podrás recuperarlo. Extravía tu hogar  claustrofóbico y encuéntrate en cualquier otro punto del globo. Nadie te invitó a las antípodas, ¿pero acaso alguien evitó tu partida?"

La mujer que no quería abrir los ojos ansiaba trazar todos los recodos de Albandi en su conciencia. La primera vez que accedió al establecimiento de esqueletos geográficos, un baúl de gastados pergaminos cautivó su desidia. "Un gravado de la costa cantábrica del diecisiete, por favor". Mas el sentido común demuestra la inviabilidad de los negocios entre un primer contratante que no quiere ver, y un segundo que no está dispuesto a pronunciar palabra a cualquier precio. Así que la mujer de las sombras optó por salir hacia la oscuridad exterior. Pero su curiosidad ya se había activado. En adelante convertiría su encuentro con los mapas en cita diaria.

El hombre de los silencios aprendió a percibir su cliente habitual por el hálito que desprende al amor inevitable. Mas jamás lo reconoció como tal, sino que al principio sólo alcanzaba a adivinar el aroma de un argumento  por alumbrar. El boceto de un relato en la punta de la lengua. Poco a poco moldearon un lenguaje sólo apto para vincular las mujeres que no quieren ver y los hombres que no quieren hablar. Los primeros encargos cartográficos revelaron los recortes del Cantábrico, con especial atención a su encuentro con las rocas  de Candás. Un descenso de escala moldeó el oleaje de las colinas chatas de Albandi. Mas como los viajes descendentes no se detienen hasta alcanzar lo más profundo, el cartógrafo mudo encadenó una serie de mapas en relieve para revelar espacios progresivamente más concretos. De Albandi moldeó un extracto del monte Calera, de cuyos altos entresacó el hogar de su cliente favorita, a quien  a su vez aplicó el zoom de su imagen por iluminar. Entonces procedió con el dibujo de los mapas interiores....trazos de una mente que reveló dichas y frustraciones, anhelos  y olvidos, ilusiones y pérdidas. Jamás se vieron planos con semejante precisión y fidelidad respecto al modelo original. Y el cartógrafo se extraviaba en la belleza del laberinto que trazaba...

Tirreno Adriático. O el Egeo. Nadie puede asegurarlo. Finalmente la mujer optó por desperezarse, descubrió un par de ojos no diminutos sino entreabiertos, compró una mapa del Mediterráneo y  desapareció con los trazos más radiantes de si misma impregnados en el rostro. Sólo el cartógrafo la vio marchar, porque sólo de sus silencios se alejó.

 

 

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