Amor incondicional
Malina [@] [www]

Subían en el minúsculo ascensor del hotel, manteniendo un incómodo silencio.
Sus cuerpos apoyados en la pared metálica, sin ningún tipo de contacto.

La mirada de él huía de todo posible acercamiento, a aquellos dos caramelos de chocolate que parecían prometerle un paraíso de dulzura y querer tragárselo irremediablemente.

La situación le producía una cierta vergüenza, que lo ayudaba a mantener el ancla racional.

La mirada de ella en cambio, lo recorría tratando de absorber y almacenar cada pliegue, cada hoyuelo, cada cabello de rebelde plata. Tratando de interceptar esos ojos huidizos, aunque sólo fuera para regalarle un segundo de conocimiento.

Al llegar al quinto piso, abrió la puerta, miró a ambos lados del pasillo y la dejó pasar.
Cerrando tras de sí, dudó aún unos instantes, pero en seguida recobró la seguridad que le otorgaban las cuatro paredes, en esa habitación de dimensiones mínimas y se acercó sonriente. Apenas una camita, una pequeña mesa a guisa de escritorio junto a la ventana, que ni siquiera lograba llenar por entero la habitación de luz natural. Y frente a ambas, un armario de puerta doble corrediza cubierta de espejo.

Allí se encontraba ella inmóvil. Frente al armario de espaldas a la ventana.
Rodeando su cintura con un brazo, la atrajo hacia sí y comiendo sus labios la saboreó goloso.
- Vamos a follar le susurró firme al oído, cómo orden para que se desnudara.
Lenta y silenciosamente la mujer obedeció, mientras una ola de sensaciones contrarias la embargaba.
Su cuerpo apenas cubierto de un conjunto de inocente algodón blanco, resaltaba un precioso bronceado tardío.
La miró extasiado y ella sintió flaquear sus rodillas. Un súbito temblor recorriéndola.

Delicadamente lo ayudó a desvestirse, descubriendo un cuerpo que apenas delataba el paso del tiempo.
Su pecho desnudo hacía ostentación en una gruesa cadena de oro, terminada en un pendiente rectangular, recuerdo de alguna otra vida.

Vencida por sus rodillas, cayó frente a él y aún temblando, hundió la cara en su ingle, cerró los ojos y se dejó inundar entera por su esencia.
Yacía entre sus piernas entreabiertas aferrando su cadera.

Y mientras ella se perdía en aquel triángulo de las Bermudas, deseando que el mundo entero se detuviera en ese instante para siempre, los ojos de él escapaban a la realidad de los tejados vecinos.

Por un segundo bajó la vista, era tan suya, tan incondicional, tan pequeña... Se sintió turbado.
Utilizando la imagen distorsionada del espejo, hostigó sus deseos.
Y mientras su sexo empujaba el interior de su mejilla abarcando su tibieza, sus ojos revivían en la imagen doble... Su ser viviendo la fantasía que le mostraba el espejo.

Tomándola por los hombros, la llevó al pequeño camastro donde metódico y preciso le hizo el amor, hasta derramarse junto a un: "No!" suplicante.

Todo el tiempo mientras se vestía y bajaban en el ascensor, permaneció ella callada.
Mientras, él, cómo disculpándose le fue soltando fragmentos de su vida: su joven mujer, sus hijos pequeños...

Frente a la estación de trenes él se detuvo un instante, observándola como para grabársela en el último segundo y añadió enigmático:
- Estás demasiado buena para lo inquieta que eres.
En ese momento, ella quiso detenerlo, contarle tantas cosas... Pero no pudo.
Sólo apretó los labios mientras él besaba delicadamente su mejilla y desaparecía con el sol en la estación.

Y mientras lo veía marchar, sólo pudo pensar que el amor cuando llega, ataca a traición e inconvenientemente.
Y mientras sus labios sabían a sal, la mano en su bolsillo estrujaba un puñado de billetes.

 

 

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