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Intento relajarme sin éxito asomado a la ventana, el mono de la nicotina viene a mí sin remedio. Exploro, tiritando por el frío, mi vecindad, de aquéllas que se desconocen por ser eso mismo. Antes había una tapia, la han derrumbado y han abierto una calle de las que no van a ningún sitio; y me comento a mí mismo ¿por qué no patear esa vía de difícil acceso? Me acompañan sobre mi piel, mi abrigo, mis guantes y mi bufandas para mitigar la gelidez de enero. A las puertas del camino escucho las notas de un pasodoble. Miro hacia los balcones, las ventanas, las tiendas, pero no consigo adivinar de dónde proviene la música. Llevo inconscientemente, la mano hacia el bolsillo de mi cazadora, y encuentro mi paquete de cigarrillos. Enciendo uno, el primero de mi menguante dosis. Ya he alargado hasta lo indecible mi primer encuentro con el tabaco. Aspiro con fuerza, y como si estuviera desesperado beso por última vez el cigarrillo. He decidido que si no dejo el hábito de golpe, no lo abandonaré nunca. Tiro el cigarrillo a la acera y el paquete a una papelera. La música sigue sonando, y comienzo a andar al compás dos por cuatro de los sones de la canción "España Cañí" en tiempo allegro moderato. Mis articulaciones enmohecidas, no acostumbradas, chirrían o eso creo. En mis oídos, taponados por el viento frío, resuenan mis pasos por la acera. A mis pies, una moneda de peseta que rápidamente aloja mi bolsillo, pero mi espinazo me advierte que no está para trotes ni correrías.
Cruzo la puerta de cristal, mal alineada y a través de mi empujón vibra. Temo lo peor, pero dentro del establecimiento nadie se preocupa; quizás acostumbrados ante el hecho ruidoso. Atravieso el murmullo hasta la barra; un susurro que se agolpa en mis tímpanos intentado traspasarlos. Me
apoyo en la barra de madera que ha absorbido por sus poros toda clase
de bebidas y suciedad. Me quito los guantes, me aflojo el nudo de la bufanda.
El camarero me pregunta: - ¿Qué desea?
- Observo su cara, su dejada e incipiente barba cana. Otra vez
me pregunta, limpiando mi parcela de barra con un trapo gris y sucio que
esconde tras el mostrador. Me sigo fijando en su boca desdentada que se
desvela ante mí
Mi mano vuelve al bolsillo que alojaba el tabaco, pero no obtiene ninguna respuesta tranquilizadora en forma de paquete. El camarero me devuelve otra sonrisa al ponerme delante el chato de vino. Después me señala una tapa, por si quiero acompañar la bebida. Niego con la cabeza. Me giro hacia la concurrencia con el vaso en una mano; mi codo y mi espalda se apoyan sobre el filo del mostrador. El murmullo sigue taladrando mis oídos, y más aún con el inicio de una nueva partida de dominó, y el arrastre de las piezas sobre una mesa de mármol. Tiento el vino, dejo el vaso donde lo encontré y a su lado deposito una moneda de cien, y la peseta como propina.
DONDE
VEO UNA POLLERA PARA
MI SON TODAS PERAS Pero lamentablemente el disco se ha rallado, aunque la pareja ha dejado de besarse. Creo que ahora discuten por lo que prosigo inspeccionando el escaparate de la extraña tienda. No veo ninguna ganga, ningún utensilio que aunque no sirva aparentemente para nada, pueda servir para algo en cualquier situación determinada, y que luego puedes lamentar. Sólo hay botes de cristal, cientos de botecitos que se amontonan en las estanterías. La gente entra, compra y se empapa de su contenido nada más pisar la acera. Me introduzco sigilosamente, leo los diferentes cartelitos indicadores: esencia de felicidad, aroma de optimismo, fragancia de tranquilidad. Sin querer arramblo con un par de botellitas, nunca se sabe; pago y salgo a la calle. Después de rociarme con el aire embotellado no noto ningún cambio, pero una nota me anuncia que en un par de horas notaré el efecto. Por el empedrado transcurre una procesión con sus emblemas, pendón, oriflamas... es sorprendente. No estamos en semana Santa ni nada parecido. Comienzo a sospechar que la calle es demasiado larga. Tanto, tanto que nacería al principio de la calle y no ha llegado al final. Entre la multitud descubro, también, como una especie de manifestación comunista con los retratos de insignes barbudos: Lenin, Stalin y Marx. El primero, al principio con perilla, el segundo al final con barba, y el último, en medio del gentío, con bigote.
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